domingo, 4 de noviembre de 2007

La carretera, Cormac McCarthy

Como todas las cosas buenas de la vida, a Cormac McCarthy lo descubrí de casualidad hace pocos meses. También las cosas no tan buenas ocurren de casualidad la mayoría de las veces, pero no quiero glosar del azar.
Ayer mismo acabé su última novela. Galardonada y con razón con el premio Pulitzer de novela de 2007. La carretera, adjunto comentario.
Un libro tremendo, redondo como un anillo perfecto. Opresivo como una historia de huérfanos de Dickens.
Perfecto como el docu-film que grabó el cordérico Demme sobre Neil Young, Heart of Gold, y que en estos mismos instantes disfruto, un film para regocijarse consigo mismo, para entender que la perfección, el buen hacer y la belleza existen no sólo en la naturaleza, que el hombre cual dios posee el secreto metalúrgico para creerla.
Cormac McCarthy es de esas personas.
Su prosa sin concesiones, sin asomo a lo sensible, hiriente, describe un mundo apocalíptico, arrasado por la ceniza nuclear, con una negrura como para que dolieran los oídos de escuchar. Un mundo persistentemente frío, helado y sin esperanza. En ese mundo, un padre y un hijo intentan sobrevivir, siempre desplazándose hacia el sur, objetivo en el que depositan sus inviables anhelos. Si es que los tienen, pues el leitmotiv de los diálogos, de sus pensamientos, es la muerte, el fin de todo.
En un mundo angustioso, caníbal, incluso se fuerzan embarazos por los dos kilos de carne tierna que tendrá el bebé. Más duro que Shakespeare, ¿quién no recuerda la libra de carne del Mercader o el pastel de Tito Andrónico?, pues Cormac, ya lo demostró con Chigurh en su novela No es país para viejos, puede resolver situaciones como solía hacerlo Shakespeare, es decir, con la matanza de todo ser viviente. Por cierto, que los Cohen han hecho una peli con esa novela, en el que el nuevo boyfriend de P hace de Chigurh, como todo lo de los Cohen, habrá que verlo.
Son esas las dos únicas novelas que he leído de Cormac, No es país para viejos y La carretera. Evidentemente, tengo previsto hacerle un señor repaso a toda su bibliografía.
En ambas novelas, la muerte, justa o injusta, está omnipresente. Y una muerte indiferente a nuestras razones. Pues nuestros objetivos son contrapuestos, pero su poder es equiparable al de Dios; lo cierto es que en estas novelas Dios no existe, eso está claro, y es la muerte, la que asume sus poderes. Por tanto, nos podremos afanar tanto como queramos por escapar de ella, como le ocurre a Llewelyn Moss en No es país, nuestros esfuerzos serán infructuosos, ella siempre te caza. Se trata, además, de eso, una caza, descrita como una road movie diabólica.
En La carretera, los personajes, nombrados con un lacónico el hombre, el chico van a sufrir esta persecución sin descanso. Y el lector la vive con ellos, hasta verse obligado a dejar de cuando en cuando el libro para tomar aire, resoplar y continuar con su lectura. Y si en su final existe un atisbo de esperanza, si es que alguien puede encontrar esperanza en las palabras finales de la novela, es para minorar de alguna manera el desasosiego y la soledad en la que nos sumerge.
Su estilo es descriptivo hasta ser incómodo. Desde luego es admirable la profesionalidad que muestra Cormac, pues lo es mantenerse apartado, como sin duda es su intención, y completamente aparte del sufrimiento de los personajes con los que tan vivamente nos comprometemos. Qué duda cabe que es ese abandono el que nos hace empatizar con tanta fuerza con ellos, pues si ni siquiera pueden aspirar a la comprensión del que los ha creado, alguien, nosotros, debe acudir en su consuelo.
El texto, plagado de metáforas y comparaciones que buscan y consiguen la fisicidad, palpar y sentir el mundo que rodea estos dos personajes. Sobre las noches oscuras y los días grises de luz tamizada por la nube de ceniza, dice que es como un glaucoma frío empañando el mundo.
Los diálogos, casi monosilábicos, con la muerte planeándoles, y con frases crudas, directas y lapidarias, dirigidas o pensadas por un chico del que nada acaba sabiéndose.
Crazy Horse acaba de finalizar y yo también me despido.

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